Cuando J. O'Pater empezó a documentarse para Clara, su novela en curso, lo primero que hizo fue buscar mapas. Mapas del siglo XVIII, planos de la ciudad, grabados de época. Lo que encontró fue útil, pero incompleto. Los mapas le decían dónde estaban las calles, pero no cómo olían.
Hay una Murcia que los archivos guardan con cierta fidelidad: la Murcia de los documentos notariales, de los registros parroquiales, de los pleitos y las dotes. Pero hay otra Murcia que solo se encuentra entre líneas, en los márgenes de los expedientes, en la descripción casual de un testigo que menciona de pasada el ruido de la acequia o el peso del calor de agosto.
La ciudad como personaje
Una de las decisiones más importantes al escribir ficción histórica es si la ciudad va a ser escenario o personaje. En Clara, Murcia debía ser las dos cosas: un espacio reconocible para quien la conoce hoy, y al mismo tiempo un lugar extraño, anterior, que todavía no se ha convertido en lo que es.
La ciudad del siglo XVIII no es la ciudad de hoy con trajes de época. Es un organismo diferente, con su propio pulso, sus propios miedos, sus propias maneras de entender el espacio.
El Hospital de San Juan de Dios, donde trabaja Clara, existe hoy como edificio. Se puede ir a verlo. Pero el edificio que se ve no es el que ella habita: el suyo huele a lejía y a enfermedad, tiene pasillos que no aparecen en ningún plano, alberga a personas que la historia no consideró dignas de nombre propio.
El método de los márgenes
Con el tiempo ha desarrollado lo que llama el método de los márgenes: leer documentos históricos no por lo que dicen, sino por lo que dan por supuesto. Un inventario de bienes menciona «una silla de esparto deteriorada» sin necesidad de explicar que el esparto era el material de los pobres, que una silla deteriorada era el único asiento de una casa, que esa casa tenía suelo de tierra.
Esos detalles no están en los mapas. Pero están en la escritura, si uno sabe buscarlos. Y cuando los encuentra, la ciudad empieza a tener temperatura.